Según la nefasta e incompleta guía Sudamérica para mochileros de Lonely planet «en Bolivia, el verano (noviembre-abril) se corresponde con la estación lluviosa».
Sin embargo, la época de lluvias sigue sin querer dar su pistoletazo de salida. Sin esperarse que éste fuese un curso especialmente húmedo, no es corriente que a finales de noviembre, el sol rompa por el horizonte a una temperatura superior a los 30°C. Si bien llueve puntualmente, el calor abrasador es alegremente mágico para uno que está acostumbrado a ir con abrigo y bufanda desde finales de octubre.
A la población autóctona no parece preocuparle mucho las evidentes turbulencias climáticas, tanto que de momento no afectan a los cultivos ni al ecosistema en general. El que sí parece decididamente satisfecho es Balú. Cuando las lluvias se inicien, el río subirá estrepitosamente su caudal, imposibilitando sus más que maravillosas jornadas playeras. Hasta entonces, ambos seguiremos disfrutando de inexplicables momentos soleados.
Vamos a ver. La idea de hoy era airear alguna de las múltiples entradas que tengo listas para publicar. Sin embargo, he de ser fiel a mis sentimientos que a la vez son actualidad.
Para sentirse de la realeza no hace falta vivir en la Zarzuela. Desde hace algo más de cuatro semanas, Las Vegas (como así le llamamos) es donde me alojo durante mi estancia en Parque Machía. Quizás no sea un sitio espectacular, pero si las paredes de estas habitaciones hablaran podrían escribir un bonito libro de historias de felicidad. Pero no hace falta.
Por otra parte, Balú también tiene su casa. Prefería que fuera un sitio recóndito de la selva boliviana, pero por desgracia no es así, ni nunca lo será.
El final de la historia se resolvió apenas cuatro semanas después. Cali fue visto cruzando el lago a lomos de un pato, ambos sin atisbos de violencia o agresividad.
El mono capuchino había estado alimentando cada día al mismo pato durante todo un mes. Acertó pensando que guardar parte de su comida diaria para alimentar a un sólo pato —siempre al mismo— iba a dar resultado para lograr ser su amigo. Una vez lograda su amistad, no suponía un problema usarlo como bote para cruzar el lago. Ingenio animal.
Después de tal exhibición intelectual, Cali se ganó su libertad. Llego a Machía para ser liberado en plena selva boliviana.
Capuchinos. Tan adorables como impredecibles. Tan capaces de lamerte tu sudor, como de arrancar de una mordedura la falange de una mano. Sin embargo, son los más inteligentes de todos los monos que habitan en Parque Machía. Las historias y anécdotas sobre ellos pueden alargarse noche tras noche sin llegar a aburrir. De todas, me quedo especialmente con una. La vida de Cali.
Cali fue un capuchino que vivía en el zoológico de La Paz, capital de Bolivia. Su inteligencia junto a su nerviosismo se combinaban de una manera excelsa para formular los peores quebraderos de cabeza de sus cuidadores.Cali era conocido por todos como Harry Houdini. Haciendo alusión a su nombre de pila, Cali conseguía zafarse de todas las infraestructuras que sus cuidadores ingeniaban con tal de que no escapase y pululara libremente por el zoológico. Jaulas de alta seguridad que compartida con su grupo —del que era alpha— o jaulas unipersonales con variopintos sistemas de seguridad eran retos que siempre conseguía descifrar para obtener una peligrosa libertad.
En muchos zoológicos, existe un gran lago con una diminuta isla de naturaleza salvaje en su interior. Esos lagos en que los turistas pueden dar sus sobras a los patos que pueblan las aguas de dicho lago. El de La Paz, lo tiene. Tanto fue la desesperación de sus cuidadores que alguien decidió que si las barreras artificiales no lo mantenían en su cautiverio, sí lo harían las barreras naturales. Obviamente, a los monos capuchinos no les gusta el agua, y no hay que decir que no saben nadar. Para darle su alimento diario utilizarían una pequeña balsa desde donde arrojarían la ración de frutas y verduras correspondientes. Siempre respetando una distancia de seguridad para que Cali no pudiera saltar a la balsa y así escapar.
El final de la historia se resolvió apenas cuatro semanas después. Y sí, escapó de nuevo.
Llegados a este punto, agradecería poner a prueba vuestro ingenio e imaginación. En lo anteriormente explicado, no se omite ninguna información para resolver el enigma. Así pues, ¿cómo cojones consiguió Cali escapar nuevamente?
Espero respuestas a través de vuestros comentarios.
En Bolivia tienen por tradición celebrar el día los días de los muertos. No sólo se recuerda durante el primero de noviembre, sino que alarga la penitencia hasta el día 2 del mismo mes.
Alrededor de los grandes cementerios edificados en las capitales bolivianas se congregan centenares, incluso millares de personas, para honrar la memoria de sus fallecidos. Como manda la tradición, las familias reservan parcelas, tanto dentro como en el muros de los cementerios, en los que construyen auténticos altares donde ofrecen los manjares más deseados por las almas que vienen del más allá. Pollo, pan elaborado en base a formas antropomórficas, variedad de frutas o chicha —una cerveza elaborada a base de trigo— forman parte de este particular banquete de muertos.
Pero no sólo ellos gozan de los placeres de la cocina. Todas aquellas personas que veneren el alma del difunto son recompensados con parte de sus alimentos en forma de agradecimiento de la familia. El acto de rezar recompensa y satisface no sólo al alma, sino también a los intestinos.
Por lo demás, flores a cascoporro y los habituales negocios de los muertos como músicos, plañideras o una gran variedad de venta de productos ambulantes.
La noche anterior, la alta presencia de anglófonos no pudo evitar celebrar Halloween. Disfraces improvisados con ropajes cualesquiera y papayas o cocos en lugar de calabazas. Al fin y al cabo, imaginación para no perder las tradiciones autóctonas. Lástima de no encontrar castañas, boniatos o panellets.
Alrededor de una década atrás sintonicé Rac1 por primera vez. Fue todo un descubrimiento en las retransmisiones del FCB más allá de las de Joaquim Maria Puyal. A escondidas de mi padre, era habitual que, antes de ir a la cama, mi madre me prestara su inseparable radio de petaca. Cuando era noche de fútbol no televisado, lo hacía con más razón. No le iba a quitar la ilusión a uno de sus pobres mocosos de entonces.
No puedo olvidar centenares de vítores gritados en silencio por miedo a ser descubierto despierto a, lo que entonces eran para mí, altas horas de la noche. O veladas deseosas de que llegaran a su fin vencido por la pesadumbre de una humillante derrota. Quién sabe si aquel diminuto ritual nocturno fue lo que realmente despertó mis inquietudes por el audiovisual. Quién sabe...
Con el tiempo, las rutinas han evolucionado, si bien no han perdido su esencia. El FCB es Joan Maria Pou y Cía., antes Jordi Basté. Es Rac1. Los logros culés reviven en mi memoria bajo su locución formando una singular hibridación etérea entre FCB y Rac1.
El otro día, durante el seguimiento del partido FCB-Sevilla a través de la web, determiné enviar mi opinión y valoración del partido vía correo electrónico, tal como hacen centenares de oyentes durante sus retransmisiones. Hubo un ítem en mi mensaje que, al parecer, les sorprendió: «Salutacions des de Bolivia.», a lo que contestaron:
«Ens pots passar un telèfon de contacte i et truquem al final de la transmissió?